Las denominaciones de Eva Perón a través de la historia nunca han sido inocentes ni casuales.

Más allá de la obviedad de apelativos insultantes o de epítetos alabatorios, la elección de llamarla por su nombre de soltera tiene connotaciones negativas porque la relega a un espacio simbólico prepolítico asociado a sus años de juventud, y específicamente a su desempeño como actriz y modelo.

Por el contrario, recurrir a su nombre completo de casada (Eva Duarte de Perón), además de ser pomposo, es insistir en su condición de primera dama en el sentido tradicional del término: nada más lejos de la función política y social que tuvo, o del peso simbólico propio que aún tiene.

Por último, Evita, el nombre que le dieron sus seguidores, implica un gesto de cariño, una toma de partida que se hace eco de un lenguaje militante y popular.

(Eva Perón | Cuerpo-Género-Acción | Valeria Grinberg Pla)

No nos interesa desempolvar viejos papeles y testimonios para afirmar que los hechos ocurrieron de tal o cual forma. Tampoco nos interesa simular que tratamos con acontecimientos reales, como si éstos existieran con independencia del sistema de representación que los recorta, selecciona e interpreta. No hablamos sobre un personaje de la política argentina, sino sobre aquel otro que han construido los discursos.

El mito necesita ser proclamado, reactualizado, caso contrario se pierde, se desvanece, se desdibuja y la vida colectiva podría llegar a perder, su significado y también su coherencia.

Sin nuestra participación interpretativa el dato del pasado no se convierte en hecho histórico. Se deben identificar esos hechos históricos como hechos memorables, estoy diciendo, dignos de ser recordados, de que perduren en nuestra memoria, pero no solo en nuestra memoria (que puede fallar) sino también a través de procesos de institucionalización.

“El recuerdo que conservamos del pasado podrá ser más o menos individual, pero en la medida que ese recuerdo nos compromete con otros de igual forma (sean otros hombres, grupos, un pueblo todo), el hecho memorable se convierte en con-memorable, es decir, digno de ser recordado con esos otros”.
( Margiotta, E. 1982).

Los hechos memorables son lo que una colectividad “sabe” sobre su propia historia, siendo por lo tanto parte del “conocimiento” de una sociedad.

(“El mito Eva Perón a través del diario ‘La Prensa’ en el período 1952-1955” |
Roberto Baschetti)

A 59 años de la muerte de la misma la figura de Eva es una Eva-símbolo, construida en base al proceso de selección que cada grupo político realiza de aquellos trazos pertenecientes a la figura histórica, que concuerdan con la ideología que sustentan.

La Eva-figura que, así aparece es la de un símbolo de lucha política (contra la corrupción, el sistema capitalista, contra el Fondo Monetario Internacional, entre otros), cuyos atributos le confieren un poder absoluto y no terrenal.

Surge, pues, que las representaciones simbólicas de Eva que circulan en el espectro político, son la de varias imágenes superpuestas, que se van configurando a partir de múltiples interpretaciones compartidas por los integrantes de los grupos que las sustentan.

(Mujer y poder: el caso de Eva Perón en la política argentina | Martha Susana Díaz)

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