“Es necesario reconocer, definitivamente, que el conocimiento está inscrito en el acto de vivir y, entonces, la población es siempre portadora de saberes sin los cuales el propio manejo del ambiente sería inviable.
Imaginemos un habitante de la selva, un indio, un cauchero: si no distinguiera los olores -cuando pasa un animal-; si no distinguiera los rastros, la vibración en el suelo, una cobra que pasa reptando […] podría morir. Sobre todo ese saber, de detalle, el hombre común, en general, no sabe hablar. Y hablar sobre eso supone colocarse fuera (Heidegger lo había señalado ya).

El hacer de esos hombres y mujeres no es hablar, lo que con frecuencia induce a pensar que no saben. Pero si no supieran no harían. En el hacer hay siempre un saber. Quien no sabe no hace. El hecho de que en las universidades vivamos de hablar de lo que otros saben da la impresión de que nosotros sabemos y ellos no. Y de hecho sabemos… hablar.
Somos capaces de hacer una tesis sobre pesca y no saber pescar. […]
Pero no olvidemos que el pescador que no sabe hablar sobre la pesca sabe pescar”. (Gonçalves, 2002: 149)

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