“Siendo como somos en cuanto humanos fruto de ese contagio social, resulta a primera vista sorprendente que soportemos nuestra sociabilidad con tanto desasosiego. No seríamos lo que somos sin los otros pero nos cuesta ser con los otros. La convivencia social nunca resulta indolora. ¿Por qué? Quizás precisamente porque es demasiado importante para nosotros, porque esperamos o tenemos demasiado de ella, porque nos fastidia necesitarla tanto” (Savater, 1999).
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