Después del abismo

Por Eduardo Sartelli

Eduardo Sartelli

25-09-2008 / Exclusivo: el historiador argentino que anticipó la crisis financiera de EE.UU explica cómo sigue. Hace cuatro años presagió el ocaso del capitalismo especulativo y la caída del imperio norteamericano. Ahora, en medio del derrumbe, advierte que lo peor aún no pasó, y que a todos, argentinos incluidos, nos espera una década de turbulencia económica global.


No pueden creerlo. Lo tienen ante sus ojos y todavía no pueden asumirlo. Esta es la crisis más grande y más anunciada de la historia y, ahora que está aquí, no parece que entiendan la magnitud de lo que está sucediendo. Las alarmas sonaron muchas veces. Hasta los más encumbrados gurúes lo sabían. ¿O acaso no fue el mismo Greenspan, ayer “el mago”, hoy “el gran culpable”, el que dijo que los mercados eran víctimas de una “exuberancia irracional”? Si lo sabían, ¿por qué no hicieron algo para evitarlo? Ya no lo hicieron, así que la pregunta tiene un cierto valor arqueológico, en estos tiempos en que todo corre con la velocidad del rayo. Valdría más preguntarse otra cosa: ¿qué dicen que van a hacer? Más urgente es esta otra: ¿qué es lo que realmente van a hacer, lógicamente, sin decirnos nada?

It’s a rule

Hace cuatro años publiqué un libro, La cajita infeliz, en el que adelanto la crisis actual y explico la forma en que funciona la sociedad en que vivimos. Porque esta sociedad, como todas, tiene un comportamiento regular, sometido a leyes. Dominada por propietarios privados de los bienes con los que se produce y reproduce la vida, los capitalistas, este sistema coloca en su centro al mercado. Estos individuos no tienen ninguna otra garantía a su existencia que vencer en el mercado. En la sociedad feudal el que nace noble muere noble, no puede ser expropiado ni embargado, sus derechos son de por vida. El burgués no tiene esa ventaja: el que va al mercado y vende con ganancia, sigue. El que no, se funde y pasa a integrar el mundo de los desposeídos. El mercado es un dictador democrático: otorga premios y castigos, pero no hace distingos con nadie.
“It’s a rule”, dice mi profesora de inglés ante ciertas expresiones que “se dicen así y punto”. Son leyes. En una sociedad de propietarios privados cuya suerte se define en el mercado, la única conducta adecuada es la competencia. Los capitalistas no compiten porque posean algún espíritu particularmente deportivo sino porque no les queda otra. Las principales armas de la competencia son dos: los salarios y la tecnología. De allí que en todo lugar donde se desarrolle una relación capitalista, existe una guerra sorda, permanente, por las remuneraciones y que los empresarios pongan la misma pasión en la innovación tecnológica. La función de las “máquinas” en el proceso productivo es reducir la magnitud de fuerza de trabajo necesaria. Con menos cantidad de trabajo necesario para producir una mercancía, el capitalista innovador tendrá siempre los mejores precios. El mercado premia al más eficiente y castiga a los ineficientes.

Paradójicamente, aquí mismo donde se produce la “felicidad” capitalista, se encuentra la explicación de sus miserias. El capitalista que innovó, ganó mercado vendiendo más barato. Para ello debió atacar el corazón de la ganancia, a saber, el trabajo que explota en forma asalariada. La ganancia no es más que trabajo apropiado por el capitalista. Cuantos más obreros, más trabajo, más plusvalía (“ganancia”). Pero, si incorporo tecnología, tengo menos obreros. Vendo más, pero a una tasa de ganancia menor. La masa de ganancia compensará la caída de la tasa: el mercado que logré quitarles a mis competidores. Pero si estos últimos, gente taimada que no soporta el éxito ajeno, hacen lo que la lógica individual indica, me imitarán, innovarán, expulsarán trabajadores y conseguirán precios bajos a costa de derrumbar su tasa de ganancia. Cuando los competidores igualen las condiciones del resto, la tasa de ganancia caerá para todos y se abrirá la crisis. Porque, no me lo va a creer, los capitalistas sólo producen para la ganancia.

Todo el sistema entrará en crisis, haciendo evidente la contradicción entre la lógica de la acción individual y la lógica de la acción global. El proceso no puede evitarse, porque la única forma de hacerlo, la planificación general de la vida social, implica la expropiación de la propiedad privada. El mercado es un asignador muy ineficiente de recursos, porque lo hace ex post: después que se fue al mercado, se sabe quién ganó y quién deberá tirar todo lo que hizo. Por eso el capitalismo acompaña su tremenda eficiencia con un enorme despilfarro, que se hace evidente en cada crisis. La ley que describe este movimiento, la más importante de la economía política, es la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. A largo plazo, la tasa de ganancia del conjunto del sistema tiende a caer por la propia acción de los capitalistas en su competencia permanente. Por eso, el sistema atraviesa largos períodos de crecimiento acelerado, seguidos de largos períodos de estancamiento. Así funciona el capital. It’s a rule.

¿Qué nos está pasando?

El sistema capitalista ha pasado por grandes etapas de expansión, crisis y estancamiento: 1848 a 1870, pum para arriba; 1870-1890, gran depresión; 1890-1914, volvió Tinelli; 1914-1945, no hace falta que le explique; 1945-1974, Lucy en el cielo con diamantes. Desde aquella fecha hasta hoy, la economía mundial no ha logrado recuperar una expansión sólida, todo lo contrario. Como truenos que van anunciando que se viene una buena, 1974, 1982, 1989, 2001, han sido fechas clave de una tormenta que se amontona y amenaza. Este proceso se puede seguir fácilmente a través de los vaivenes de la tasa de ganancia, cálculo complejo pero realizado con mucha pericia por más de un economista marxista (Anwar Shaikh, Fred Moseley, Gerard Dumenil). Lo que estamos presenciando es el estallido final de ese verdadero huracán que se nos viene encima. Quienes no tenemos compromisos y no nos asusta la verdad, lo hemos señalado ya desde mitad de los ’90.

¿Por qué ha tardado tanto en explotar? Porque el Estado capitalista ha intervenido repetidas veces, a fin de evitar el descalabro, en particular, el Estado yanqui, dueño de la moneda mundial y, por lo tanto, de la mayor fábrica de papel de la historia. ¿Qué hicieron? Patear la pelota para adelante. Estimular, bajo diversos mecanismos, el crecimiento de la deuda, de los particulares, de las empresas, del Estado. Una deuda es siempre una promesa de creación de riqueza futura. Si dicha riqueza no se crea, no habrá con qué devolver nada. No hace falta más que seguir el déficit del Estado norteamericano y las deudas de los particulares, para darse cuenta de que el crecimiento mundial se ha sostenido, en los últimos treinta años, en promesas de riqueza no creada. ¿En qué se gastó esa gigantesca emisión de papel, entonces?

Cuando la tasa de ganancia de las empresas productivas es muy baja, ningún capitalista invertirá en la producción. Como de todas maneras tiene que obtener ganancias, buscará otras formas. Buena parte del capital será dirigido hacia las finanzas y la especulación bursátil. En algún momento parece como si las finanzas se independizaran y adquirieran la mágica propiedad de crear riqueza. Pero la riqueza se crea en la producción. Las finanzas simplemente reciclan la plusvalía sobrante, no producen riqueza nueva. Sin embargo, en forma cada vez más acelerada, la economía comienza a “apalancarse”, es decir, el papel empieza a comportarse como soporte suficiente de nuevo papel. El inflado de burbujas se pone de moda y durante un corto momento, todos parecen estar en el mejor de los mundos. Los gastos militares reaganianos crearon la primera burbuja, en los ’80. Se reventó un “jueves negro”, en 1989. La burbuja de Internet caracterizó a los ’90. Greenspan, siguiendo sus intereses de clase, la dejó hincharse. Cuando reventó, en 2001, el gobierno norteamericano se apresuró a inflar otra: la burbuja inmobiliaria. ¿Cómo responde este aprendiz de Harry Potter que difícilmente se gradúe algún día, Ben Bernanke? La deuda privada será “cavallizada”: la mayor socialización de miseria jamás vista.

Magia, fantasía, gordura e hinchazón

Es un dogma, en el sentido más religioso de la palabra, que el mercado encontrará solo el mejor camino de salida. De hecho, gente de tradición “austríaca”, es decir, ultraliberal, como Vito Tanzi, ha salido a criticar el rescate norteamericano y europeo, precisamente con la idea de que esto es “normal” y que dejando actuar al mercado todo se solucionará. “A largo plazo, todos estaremos muertos”, le contestó Keynes a esta gente hace setenta años. Y tenía razón. Lo que derrumbó al liberalismo fue el hecho evidente de que el mercado no se autoequilibraba y que la desocupación de masas continuaba su avance bastante tiempo después de 1930. Keynes, político más que economista, estaba preocupado por las consecuencias de la desocupación, dicho de otra manera, por la Revolución Rusa. Había que hacer algo rápido porque lo que caracteriza a una crisis es el derrumbe completo de todas las instituciones capitalistas: los bancos, el mercado, la moneda. Recuerde el lector el 2002 argentino y multiplíquelo por una escala mundial y tendrá una idea de lo que estamos hablando. Si las manos mágicas del mercado pueden corregir algo, no se nota, entre otras cosas porque el propio mercado sufre de arteriosclerosis múltiple.

Hasta ahora, ni el gobierno norteamericano, ni el japonés, ni el europeo han hecho algo distinto de crear moneda para llenar el mercado cada vez que se evapora el “crédito”. Dicho de otra manera, no han hecho otra cosa que darle a la “maquinita” para rescatar empresas fundidas. Muchos keynesianos están contentos con la crisis, pensando que la intervención rápida y a gran escala del Estado yanqui no sólo viene a darles la razón contra el neoliberalismo, sino que va a evitar la recesión. Sin embargo, la creencia keynesiana en las virtudes de la intervención estatal se asienta en un gigantesco error, además de en una reconstrucción de la historia que falsea la realidad.

Una de las más graciosas de las Aventuras del Barón de Münchausen es aquella en que cae en un pantano con caballo y todo. No tiene de dónde agarrarse, se hunde irremisiblemente. En un rapto de imaginación desesperada, se toma la coleta con su mano derecha y se da un tirón tan potente que alcanza para sacarlo de situación tan incómoda. Esa es la solución keynesiana. El Estado capitalista no es un ente autónomo, sus recursos brotan de la economía sobre la que se asienta. Si esa economía está en auge, el Estado recauda enorme cantidad de recursos. Pero si esa economía está entrando en una depresión, ¿cómo puede el Estado sacarla de allí, justo cuando él mismo comienza a tener graves apremios fiscales? El resultado de esta intervención no va a tener otra consecuencia que la que ya tiene: estancamiento con inflación o estanflación. Por otra parte, la fama keynesiana se asienta en la peregrina idea de que sus políticas sacaron al mundo de la crisis del ’30. El hecho histórico real es que el mundo sólo volvió a un crecimiento sostenido luego de la Segunda Guerra Mundial.

Otra fantasía es la ilusión en que China e India van a salvar al mundo. Pero ambos, como todo el sudeste asiático e incluso Japón, viven de venderle a EE.UU. En realidad, se han estado vendiendo a sí mismos: para que el dólar no cayera, estos países han estado comprando deuda norteamericana y son los mayores tenedores de divisas verdes. Dicho de otra manera: han sostenido sus exportaciones a EE.UU. con crédito. La recesión norteamericano-europeo-japonesa va a arrastrar a China e India. La Argentina, que vive de China, va a ser la primera golpeada, porque una recesión en estos países va a reducir la demanda de commodities. En el sumo, como en todo, no hay que confundir gordura con hinchazón.

Lo que vendrá

¿Cómo salió el mundo capitalista de la crisis del ’30? Como hizo siempre: menos obreros, más explotados; materias primas baratas; pocas empresas, más poderosas. Por estos mecanismos se relanza la tasa de ganancia y el sistema vuelve a crecer. No es para tranquilizarse. Porque aumentar la tasa de explotación lleva a una verdadera guerra de clases. ¿O conoce usted algún obrero que acepte alegremente desocupación, extensión e intensificación de la jornada laboral y salarios de hambre para rescatar las empresas de sus patrones? ¿Lo aceptaría usted? Materias primas baratas, petróleo por poner un ejemplo: ¿tengo que explicarle qué está haciendo EE.UU. en Afganistán e Irak y lo que pretende hacer con Irán y Venezuela? Menos empresas más poderosas: ¿los empresarios destinados a la expropiación, la aceptarán así nomás? No creo. Tal vez haya que sacudirlos un poco. Bombardearlos, por ejemplo.

La gigantesca crisis que comenzó en 1914 por lo menos llevó al capitalismo a presentarse en estado puro: la competencia es una guerra, lo sabe cualquiera que mira Fútbol de Primera. La competencia en estado puro es la guerra misma. De esa manera se desalojó el mercado: entre 1914 y 1945 se destruyó el corazón del capitalismo mundial: Inglaterra, Francia, Alemania, Japón, Italia. ¿Cómo se obligó a los obreros alemanes, japoneses, españoles, húngaros e italianos a aceptar lo inaceptable? Nazismo, fascismo. En otros países, bastó con la amenaza (Uriburu, por ejemplo) o con métodos sólo un poco más sutiles (EE.UU.). Más de cien millones de muertos le costó al mundo salir de esa crisis. Imagine lo que se viene.

¿Pero no vivimos ya Videla, Pinochet, Thatcher, Reagan, varias guerras, destrucción masiva de capitales en todos lados, caída de salarios, alargamiento de la jornada de trabajo, tequilas, arroces, sambas, tangos y hasta rock and roll? Sí. Ya le dije que los síntomas de la crisis estaban a la vista de todos los que quisieran verlos. Yo (y otros, no soy el único ni el primero) vengo diciéndolo desde 1997 por lo menos. Pero no alcanza. Por eso estamos aquí de nuevo.

Ojalá me equivoque. Ojalá sea yo un zurdito catastrofista que busca fama asustando gente. Pero los datos están allí, yo no los inventé. Y si el mundo se comporta como creo que lo hace, lo que viene es una recesión mundial profunda, una depresión de una década, por lo menos. La secuencia será la siguiente: la crisis financiera va a transformarse en crisis fiscal, la crisis fiscal llevará a descomunales ajustes de personal estatal en todo el mundo y a confiscaciones impositivas que profundizarán la crisis en la economía real. El resultado: quiebras de empresas productivas, desocupación de masas, brutales ataques contra la población trabajadora, una feroz ofensiva de los capitales más poderosos contra los más débiles, es decir, guerras a gran escala. ¿Pero eso no está pasando ya? Sí, ya se lo dije. ¿Hay otra solución? No, dentro de este sistema social, al menos.

La crisis es una oportunidad extremadamente pedagógica. Esta gente ha manejado el planeta durante los últimos trescientos años. Es lo que hay, no tienen más ideas (ni intereses) que estos. No hacen otra cosa porque no saben, porque no pueden y porque no quieren. Debemos actuar ahora, nosotros, antes de que ellos diseñen una salida a su medida, es decir, a nuestra costa. Más allá del abismo al cual este sistema nos arrastra hay otro mundo. Hay que atreverse a pensar distinto.

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One thought on “Después del abismo

  1. carlos octubre 2, 2008 / 9:41 pm

    Bien , ahora hay que pensar y equipararnos al proyecto bolivariano de Venezuela, verdad?

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