El tiempo de Malena (Autor: César Hazaki)

Malena estudió mucho la manera de erguirse, convengamos que se la notaba un poco cansada de gatear y ser la única de la familia que no se desplazaba por el comedor, los dormitorios y pasillos sobre sus dos pies regordetes y descalzos. Un cierto cansancio la venía inundando en eso de probar el camino que seguían los cables con su inexorable y amenazante, según su madre, final en un enchufe. Necesitaba cosas nuevas, diferentes y cuando levantaba la vista hacia las alturas, los cables se transformaban en objetos de dimensiones considerables.

Su misión de investigar el mundo le hacía no entender a sus padres y hermana que pasan, sin detenerse, sobre una multiplicidad de estímulos de vivaces colores y diferentes texturas, los que se hallaban por ahora, lejos de su alcance. No puede dejar de llamarle la atención el uso de zapatillas y zapatos por parte de los bípedos de la casa, cuando ella se arregla con medias que son, además, muy gustosas para chupar ya negras luego del gateo.

Malena hace tiempo que observa con detenimiento la relación entre sus padres y unos pequeños aparatos: hay dos que parecen gobernar el televisor o el aparato musical, con los que los mayores son algo descuidados y por eso suelen caer en sus manos cuando la sientan sobre la mesa, son bastante sabrosos y en ellos reconoce con la lengua y el olfato que han pasado, cuándo no, por las manos de su hermana mayor. Pero el enigma mayor son otros dos que al emitir variados sonidos llevan a sus padres a dejarla de lado -para la concepción filosófica de Malena lo único a lo que ellos deben prestar atención- para ponérselos sobre la oreja y comenzar a hablar solos. Muchas veces parece parte de un ejercicio para entrenar las piernas, dado que dan vueltas alrededor de la mesa o van hasta el patio mientras hablaban con ese intrigante adminículo. Malena se sorprende más por la quietud en que caen sus padres o tíos cuando terminan la sesión aeróbica, dado que apoyan el objeto sobre la mesa y automáticamente quedaban en silencio y toman mate ¡Todo una intriga que merece ser develada! Por eso debe llegar hasta ellos, chuparlos, girarlos en todas las direcciones, olerlos y arrojarlos con fuerza al piso para conocer bien esos raros aparatitos.

Están los blancos que se dividen en enormes y manuables. Los gigantes nevados: la cocina y la heladera estaban permanentemente puestos en observación. Especialmente la puerta de la heladera que su hermana mayor abre para internarse en busca de yogures o aceitunas. Le impresiona sobre manera que el frío estuviese encerrado detrás de esa enorme puerta, de la misma manera que la intriga que el calor estuviese atrapado dentro del horno de la cocina. Malena no podía comprender que de esas dos cosas de color blanco surgieran temperaturas tan extremas. Evidentemente la magia gobernaba a ambos Sin duda había algo más peligroso en la cocina, dado que cuando se acercaba a la misma la madre dejaba todo lo que estaba haciendo para interponerse entre ambas. En los dos casos se trata de llegar hasta una manija, si Malena hubiese podido hacer una promesa o expresar un deseo sería algo así como: “Mi mamadera de la noche por una manija de heladera” o “Mi helado de chocolate del domingo por llegar a abrir el horno de la cocina”. De los Blancos manuables, el inodoro y el bidet, nada que decir dado que con ellos había resuelto todas sus intrigas.

Se comprenderá que la actitud científica de Malena es investigar con boca, manos y nariz las texturas y olores del mundo circundante, también que no hay forma de detener este erguirse que, desde el fondo de los tiempos, la humanidad le había exigido a cada uno de los integrantes de la especie.

A Malena le resultaba evidente que yendo por el piso había una larga serie de bibliotecas, adornos de cerámicas y cacerolas que estaban lejos de su alcance. Por eso estudió varios días el cómo tomarse de una mesa de luz con ambas manos para así ayudar al envión de sus regordetas sus piernas en eso de ascender hacia las alturas, había desechado tomarse de los barrotes de la cuna dado que le parecía una prueba demasiado sencilla para lo que consideraba sus aptitudes (hay que entender que el tener una despierta hermana mayor obliga a rápidos records olímpicos). Lo cierto es que fue a media mañana de un lunes, casi como parte de la semana laboral, que decidió hacer cumbre. Una vez lograda la cima tuvo dos sensaciones intensas: la primera la cantidad de asombrosos objetos que la mesita tenía, la segunda el vértigo que las alturas producían. Fue tanta y tan fuerte la emoción que no puedo sostenerse, por eso fue cayendo en picada sobre su brazo derecho. Un llanto cargado de desconsuelo fue la culminación de la experiencia.

El padre era el acompañante de la aventura, como estaba habituado por sus crónicas periodísticas del basketball anotó en la estadística de la vida de Malena el día del crucial evento. Al hacerlo se dio cuenta que era el primer día de otoño.

Al anotar en la bitácora del crecimiento de la niña, el papá hizo una de las tantas y particulares divisorias del tiempo que han ocupado desde siempre a la humanidad, en éste caso se trató de establecer los ritmos y pausas del crecimiento de Malena. Por su parte, a partir de ese momento, la criatura agrandó la agenda de actividades de lo que comenzó a ser su día científico – laboral, muy lejos quedaba ya la pobre época de mamadas de tetas y dormidas. Estaba despierta mucho tiempo y necesitaba hacer algo valioso con sus horas. Ella escuchaba su cuento preferido (nadie sabía bien quién se lo había contado por primera vez, pero había consenso que era el que quería escuchar a la hora de dormir) sobre el asombro que le producía a los emperadores chinos “la máquina que toca”. Si tan importantes señores habían sido capaces de hacer la guerra para conseguir un carillón que marcara el paso del tiempo con campanas gozosas, Malena no podía desoír el reclamo de su curiosidad, era necesario ponerse de pie, echarse andar y a cada hora dar informes sobre las cosas descubiertas. Si el reloj había sido la primera máquina de precisión, el empleo del tiempo por parte de Malena tenía otras exactitudes no menos deslumbrantes: la ciencia de los descubrimientos la obligaba a llevarse a la boca, por lo menos, cinco objetos de distinta textura, color y sabor por hora. También a recorrer la sala en dos gateadas cortas, imprescindibles todavía en las zonas de llanura, donde no había nada de qué sujetarse, más una serie de pasos tomada de la biblioteca y el consiguiente pasaje hacia la mesita del televisor, una pasadizo sin duda peligroso donde solía ganarse algún que otro chichón. Ese tiempo Malena lo medía en términos de descuido materno, por eso podía dirigir su endeble andar hacia la preciada e intrigante cocina, contando con el auxilio del sillón amarillo y el televisor para apoyarse y desplazarse. Cuando faltaba poco para llegar a ansiada tapa negra del horno, la mamá se hacía presente (¡una vez más!) para impedirlo. La tozuda deambuladora, para doblegar a su custodia, raudamente cambia de dirección hacia la heladera pero los enérgicos brazos filiales la llevan hacia la habitación para que todo recomience.

Ella expondrá a viva voz su desacuerdo ante tal atropello a los derechos humanos y enfilará hacia la puerta dispuesta, nuevamente, a buscar sus máquinas de sonar asombros.

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