La historia de Anita

Fragmento de artículo publicado en: http://www.espantapajaros.com/articulos/ar_lec_9.php

Anita tiene tres años. Pasa al lado de una máquina expendedora de gaseosa y piensa “quiero coca”. Su padre es vendedor ambulante, vende trapos de rejilla a los automovilistas que se detienen frente al semáforo del shopping. Ella le ayuda, porque aun siendo más chiquita, le compran más rejillas que a su tata.

Anita tiene sed y desea beber Coca-Cola, pero se conforma con agua de la canilla pública del estacionamiento del shopping. Sabe leer Coca sin haberse enterado que la “C” se llama “ce” y que suena “C”, interpreta el significado de esas letras escritas que saben a refresco caramelo marrón, pero comprende muy bien que con agua es suficiente. Anita ha descubierto los propósitos de la escritura. Sí que lo sabe. Sabe que esos signos que algunos llaman letras dicen lo que hay dentro de esa máquina de gaseosa, que a cambio de una moneda (ay, si ella tuviera una moneda…) le daría coca. Pero no, Anita es muy inteligente, ha aprendido en la calle, trabajando, que la coca, con dos “C” no es para ella, es para los niños que ve jugando en el segundo piso vidriado del shopping, montados en una calesita llena de luces, caballitos y colores que brillan tanto, que cuando anochece iluminan la noche del estacionamiento. En el libro Infancia y poder, Mariano Narodowski dice que los efectos de la globalización de las nuevas tecnologías y de la exclusión provocada por el modelo económico-social vigente, han llevado a la construcción de dos tipos de infancias bien diferenciadas: una infancia hiperrealizada, que tiene acceso a nuevas formas de pensamiento, fragmentario, yuxtapuesto -de video clip, podríamos decir en términos de imagen- que no es mejor ni peor que otros, sino distinto, y que conducen a modos de ejecutar acciones conceptuales que aun ni la psicología educacional y la evolutiva han terminado de descifrar. Una infancia que se sabe más astuta que muchos adultos que pretenden “pedagogizarla”, pues está más preparada y dispuesta que sus maestros a entenderse con y a través de las nuevas tecnologías informáticas. Sus modos de recolectar información y de leer, si bien están tecnológicamente asistidos por orientadores de sentido, son autogestivas en tanto requieren de estrategias volitivas para connotarlas y exigen del usuario-lector destrezas de selección que le posibiliten no perderse en un mar infinito de datos.

Esta infancia hiperrealizada (pobres niños ricos, diría Benedetti) ha incorporado y habitualizado a sus esquemas representativos los conceptos de precarización, consumo y mercantilización, asumiéndolos como modo de vida. Paradójicamente estos niños, capaces de infiltrarse en informaciones secretas de bases de datos informáticas supuestamente inviolables, son ignorantes o por lo menos inmaduros a la hora de sobrevivir sin protección adulta; de hecho, esta niñez y adolescencia hiperrealizadas son cada vez más extensas cronológicamente en cuanto a la dependencia vincular con sus padres, agudizado esto en nuestros países por la falta de oportunidades laborales y académicas.

Anita no pertenece a este tipo de infancia, sino a la otra. A una que coexiste mirando, desde la calle, inabordables juegos con láser. Ella pertenece al grueso grupo de los niños que engordan estadísticas de las ONU, UNESCO y de miles de ONGs; ella forma parte de esa infancia desrealizada que nos rodea a diario, esos niños y niñas que han quedado no solo afuera de las mieles de las nuevas tecnologías de la comunicación, sino de las más elementales de sus necesidades básicas cubiertas. Una infancia que se adultece a fuerza de intemperie y exclusión: primero -y cada vez más tempranamente- de su seno familiar, luego de la escuela y por fin de la sociedad. Una infancia que es capaz de sobrevivir en la calle pero que es incapaz de superar el primer ciclo de la escolaridad primaria. Sobrevivir en términos de vivir, crecer, drogarse, jugarse, dormir, hambrearse, amar, robar, congelarse, limpiar vidrios, enamorarse, compartir y hasta morir en la calle.

Estos chicos que no tienen un pelo de tontos a la hora de comprender el valor de la moneda, son los que la escuela dice que no pueden aprender a leer y a escribir. ¿Cómo es que Anita puede leer “coca” de un cartel y luego no podrá aprender a leer lo que la escuela le enseña? ¿Cómo es capaz de leer los signos y los metamensajes que su realidad social le imponen y no puede leer frases tan célebres como “El osito Matías come setas. ¡Es goloso!” (y ¡cuidado!, he extraído esta frase de un libro escolar vigente). ¿Será quizás que Anita no solo no tiene idea de lo que es una seta, sino que además su necesidades de todo, incluso de lectura, pasan hoy por hoy por otros lados?

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