La Rioja, Mayo de 2008
Aquí estamos una vez más, intentando desentrañar los signos, las claves de nuestra identidad. Y una vez más pareciera que uno de los rasgos más profundos que nos caracteriza, es bregar entre luces y sombras, precisamente, en busca de esa identidad. Una comisión interdisciplinaria que se encargase de este tema debería contener, seguramente, además de los representantes de la historia, de la sociología y de las artes, un buen cuerpo de psicólogos que atendiera esta manía cartesiana, quizás heredada de los grandes polos urbanos de Argentina, que no por nada es reconocida en el mundo como la inventora de las huellas digitales, nada menos.
Identidad, identi-kit. (Hace unos días apareció una curiosa crónica policial que afirmaba que uno de los presos más peligrosos se habría fugado, en nuestra provincia, y que las autoridades policiales no difundían el identi-kit. Sí. El identi-kit. Esto me sorprendió ya que hace suponer que a los internos del penitenciario no se les toma ninguna fotografía –como esas que aparecen en las películas, de frente y perfil- ya sea porque dan por descontado que egresarán, una vez cumplida la condena, sin mácula alguna y totalmente rehabilitados, o porque en nuestra provincia la preservación de la identidad funciona mucho mejor en la cárcel que en el trasvasamiento generacional de nuestro patrimonio cultural.
Bregamos entre luces y sombras, decía, en busca de esos rasgos que nos identifiquen. Y podríamos graficar esas luces y esas sombras con dos extremos bien definidos que se le adjudican a nuestra idiosincrasia provinciana.
Por un lado existe la corriente exaltadora de nuestro perfil revolucionario. La que destaca nuestro pasado de caudillos, de luchas, de bravura guerrera. Lanzas y banderas agitadas al viento. Año a año se desgranan las efemérides en las que nos bebemos la sangre de Quiroga, del Chacho, de Varela. Nuestros historiadores trabajan incansablemente en recuperar los pasos de tantos nombres y así se fueron sumando Chumbita, Zalazar, y recientemente Aguilar, el cura de la montonera. Nombres, fechas, batallas, nuestra identidad se nutre con la vena más heroica del pasado histórico.
Sin embargo, existe también una tendencia que podríamos ubicar en el otro extremo de las fuentes en que abreva nuestra idiosincrasia versátil.
Es la que remarca nuestra imagen de rebaño manso que deja pasar la vida como si ésta fuera el borrador de alguna otra. Los abandonados de sí mismos, los que nacen, crecen y viven en nuestra tierra como si estuvieran de paso. Y mueren, efectivamente, de paso, exiliados brevemente en la vida, al decir de Cioran.
Esta tendencia que avala la desidia provinciana, si bien tiene distintas y profundas raíces, se ha visto fortalecida en los últimos años. Es que tanto una como otra tienen sus propios y fervientes promotores. ¿Quién no ha escuchado hablar de la inutilidad del empleado público? Teniendo en cuenta que en nuestra provincia un porcentaje que supera ampliamente la mitad de la población trabaja en dependencia del estado, quienes afirman esta sentencia nos dan un panorama absolutamente desalentador de nuestra identidad. Un hombre es, en gran parte, lo que produce, lo que trabaja. Por lo tanto si su trabajo es inútil, su propia existencia le significará un difícil problema a resolver. ¿Cuándo se fortaleció esta imagen negativa del empleado público? Basándome en mi corta experiencia y memoria, he establecido una teoría que espero les parezca lo suficientemente descabellada como para que no se me exija demasiada profundización en ella.
Esta teoría se basa en dos razones, la primera y la más valedera, es la que pertenece a mi profundo convencimiento de que me ha tocado siempre arribar a distintos lugares en sus momentos más difíciles. Por lo tanto, con mi ingreso a la administración pública en el inicio de los años noventa, se produce el advenimiento de la ley que congela la carrera administrativa, lo que me ha permitido mantenerme cómodamente en la categoría más baja de la provincia durante diecinueve años. Esta prueba de mi particular fortuna ya sería suficiente para avalar el hecho de que el desprestigio del empleo público recrudeció en los noventa. Sin embargo una segunda razón me anima a tal aseveración.
Antes de esa época yo era muy joven, incluso hasta llegué a ser niño. Y así fue que siendo niño me tocó acompañar a mi padre en distintas comisiones que él realizaba por el interior de la provincia, en su carácter de Jefe del departamento de electromedicina de Salud Pública, cuyas tareas consistían en arreglar desde tensiómetros hasta aparatos de rayos x en todos los hospitales de La Rioja. (Hasta llegó a crear el primer y único horno crematorio que por motivos culturales y religiosos, cayó rápidamente en desuso sin haber rostizado siquiera, cadáver alguno.) En aquellos tiempos muy poca gente se dedicaba a esos menesteres; tan es así que, precisamente, a mí me tocaba en muchas ocasiones ser su asistente en esos viajes. Recuerdo que cada vez que cruzábamos una garita en los distintos puestos camineros de la provincia, y ante la requisitoria del oficial de turno al indagar a mi padre sobre su profesión, el respondía simplemente: empleado. Así, a secas. Este detalle ínfimo, como suele ocurrir con tantos otros recuerdos de nuestra niñez, cobró relevancia meditando sobre esta teoría que intento desarrollar, al recordar que muchos años después, siendo yo mismo empleado y ante situaciones similares en distintos viajes que realizaba, ya sin la compañía de mi padre, mi respuesta ante la misma requisitoria oficial cuando se interesaba por mi profesión, variaba entre un: “poeta”, muy seco y cortante, escudriñando de reojo la reacción de mi interlocutor, y todo por haber participado en un librito de la colección cacique coronillas, junto a otros 20 compañeros. O bien solía responder: “actor”, levantando la cabeza sutilmente con el dedo en la nariz para ver si me reconocían por haber hecho de payaso en la plaza 25 de mayo unas tres veces.
Poeta, actor, escritor, dibujante, publicista, productor, estudiante, camarógrafo. Hasta llegué a responder: artista. Cualquier cosa, pero empleado, ¡Nunca!
¿Qué había pasado con el ego de la profesión del empleado público entre ambas generaciones?
Muchas cosas. En los noventa comencé como empleado y en los noventa comenzó la mayor campaña de desprestigio de las empresas públicas, la regulación del Estado y el empleado público que haya conocido toda la historia argentina.
Gasalla se disfrazaba de vieja administrativa, Tinelli les hacía bromitas a los jubilados y el presidente se deshacía de las ineficientes empresas del Estado, mientras nuestros diputados, como ya dije, nos congelaban para siempre la posibilidad de ascender en los empleos. Éramos inútiles, vivíamos a costa del país. Una lacra parasitaria indefinible que nos remordía la conciencia, hasta que de alguna manera, por no suicidarnos, dejamos de hablar de eso y aprendimos a transitar y a convivir con esa, nuestra propia historia.
La gran venta del país necesitaba, como todo producto, una muy buena campaña. Pero en este caso, de desprestigio.
Luces y sombras. Caudillos revolucionarios y empleados inútiles. La identidad se mece en esta cuna y desentraña la intensa multiplicidad de tonos intermedios. De nuestros tonos.
Quizás podríamos insuflar con el espíritu de los primeros a los segundos. Es decir, reavivar un poco de los genes libertarios de nuestros antepasados en las masas estatales. Algo parecido a aquel experimento esotérico que se le atribuye a López Rega, intentando imbuir el espíritu de Evita en Isabel. No sé. Algo. El empleado público de La Rioja, que es el ciudadano riojano por antonomasia, necesita recuperar su amor propio, elevar la moral, tener confianza en sí mismo, en su trabajo. Recuperar la conciencia de clase.
Si el blanco es la suma de todos los colores quizás podríamos remover esta paleta de identidades en busca de una identidad única, blanca y pura. ¿Es eso lo que queremos? ¿Es eso lo que buscamos cuando hablamos de nuestra identidad? La cultura es la suma de la experiencia humana, por lo tanto es inabarcable para una sola cultura. Cada cultura reflejará la inmensa carencia de todas las otras.
La búsqueda de esa “identidad que nos identifique”, es comparable a la del comprador compulsivo, que lejos de sentir felicidad por el producto adquirido, se sumerge en la angustia de anhelar todos aquellos otros productos que no ha podido comprar.
Cuando miro alrededor, cuando presiento que estamos más dispuestos a enrolarnos en campañas en defensa de los pingüinos empetrolados que a saludar a nuestros vecinos, por ejemplo, se me ocurre que la búsqueda de nuestra identidad es un proceso inútil que sólo nos identifica con la anomia, y sin embargo, persistiremos en esa búsqueda, aún solos, como aquel general francés que, diezmado en la batalla, abandona las trincheras con un solo grito: ¡De pie los muertos!
Pedro F. Agost
La Rioja, 23 de Mayo de 2008